La Primera Guerra Mundial supuso un antes y un después en la historia de la humanidad. Por primera vez, países de todo el mundo se enfrentaban en un conflicto global que socavó los cimientos de occidente. Además de ser un ingente laboratorio de pruebas para la mejora de las técnicas militares, el conflicto permitió a las mujeres avanzar en sus seculares reivindicaciones. A pesar de que en un primer momento se les negó un papel más allá del tradicional de enfermera, muchas se empeñaron en participar más activamente. La evidencia de una guerra larga que provocó la necesidad imperiosa de mano de obra en la retaguardia y ayuda sanitaria y logística en el frente, obligó a las mentes más recalcitrantes a rendirse a la evidencia y abrir el camino, aunque fuera a regañadientes, a las mujeres en la guerra. Uno de aquellos hombres retrógrados le había dicho en cierta ocasión a nuestra protagonista que se marchara a casa. Ella no le obedeció.
Elsie Maud Inglis había nacido el 16 de agosto de 1864 en las lejanas y exóticas colonias británicas de la India, en una localidad llamada Naini Tal. Hasta allí se había trasladado el magistrado John Forbes David Inglis para ejercer como comisario jefe de los servicios civiles de la Compañía de las Indias Orientales. Él y su esposa, Harriet Thompson, tenían una visión muy moderna de lo que era la educación de sus hijos y de la igualdad entre sexos. Sus siete hijos, cuatro chicos y tres chicas, iban a recibir la misma formación. Elsie pasó su infancia en la India hasta que la familia Inglis se trasladó a vivir a Tasmania en 1876, ciudad en la que estuvieron tan sólo dos años. En 1878 se trasladaron a vivir a Edimburgo donde Elsie y su hermana Eva empezaron a estudiar en la Edimburg’s Institution for Educating Young Ladies. Tras finalizar sus estudios secundarios, una joven Elsie de dieciocho años viajaba a París para estudiar protocolo y etiqueta durante dos años en una escuela de señoritas.
Cuando regresó a Edimburgo, Elsie ya tenía claro que quería estudiar medicina pero sus sueños se vieron truncados cuando en 1885 su madre falleció de escarlatina con tan sólo cuarenta y siete años. Elsie no quiso dejar a su padre y decidió permanecer en Edimburgo junto a él. Pocos meses después, Sophia Jex-Blake, una mujer dispuesta a acercar la educación a las mujeres, abrió en la ciudad una escuela de medicina femenina, la Edinburgh School of Medicine for Women. Elsie empezó a estudiar en el centro de Sophia pero las desavenencias entre ambas hizo que su estancia en el Edinburgh School of Medicine for Women terminara antes de que Elsie completara su formación.

Los siguientes años, estudió en varias universidades hasta que en 1892 se licenció en el Royal College of Physician and Surgeons de Edimburgo y en la Faculty of Physicians and Surgeons de Glasgow. Elsie continuó estudiando y haciendo prácticas en varios centros hasta que empezó a trabajar como doctora y a abrir distintos centros sanitarios.

 

En sus años de estudio, Elsie había sufrido las injusticias contra las mujeres que se empeñaban como ella en sentarse en las aulas universitarias en igualdad de condiciones con los hombres. Concienciada con la lucha feminista, empezó a colaborar con distintas organizaciones sufragistas. En 1890 fue nombrada secretaria honoraria de la Edinburgh’s National Society for Women’s Suffrage y en 1906 recibió el mismo cargo en la Scottish Federation of Women’s Suffrage Societies. Colaboró activamente con Millicent Fawcett, entonces líder de la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS).

Cuando estalló la guerra, Elsie se dirigió a la Royal Army Medical Corps para ofrecer sus servicios como doctora y cirujana. La respuesta fue: mi querida señora, váyase a casa que quédese sentada.

En 1894, la muerte de su padre sumió a Elsie en una tremenda tristeza pero no dejó de trabajar en su labor como doctora y en su implicación con la causa sufragista. 

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Elsie se dirigió a la Royal Army Medical Corps para ofrecer sus servicios como doctora y cirujana. La respuesta del oficial que la recibió fue “My good lady, go home and sit still” (Mi querida señora, váyase a casa que quédese sentada). Lejos de obedecer, Elsie fundó, con la ayuda de las sufragistas de la Scottish Federation el Scottish Women’s Hospital. La Cruz Roja escocesa se negó a colaborar con el nuevo hospital de Elsie que consiguió recaudar de manera privada miles de libras en muy poco tiempo. 

 

Como las instituciones británicas rechazaron la ayuda de Elsie, esta buscó en otros países aliados la posibilidad de colaborar en el frente. Fue Francia quien aceptó su ayuda y empezó su periplo en el continente fundando un hospital en la abadía francesa de Royaumont. Elsie se trasladó a Serbia donde trabajó de manera incansable para organizar varios hospitales en el frente del Oeste.

Winston Churchill dijo de ella y de las 1500 mujeres que se unieron a los 14 hospitales de la Scottish Women’s Hospitals en el frente europeo: “Brillarán en la historia”.

En 1915, Elsie fue capturada por el ejército austriaco pero la diplomacia americana e inglesa consiguieron liberarla y pudo continuar con su labor en Serbia y otros países como Rumanía, Rusia o Malta. Lo que la guerra no consiguió, frenar a la incansable Elsie, lo hizo un cáncer que la obligó a parar y terminó con su vida en muy poco tiempo. Elsie se encontraba en Rusia cuando tuvo que regresar a Inglaterra. Pocos días después, el 26 de noviembre de 1917, fallecía sin que los médicos pudieran hacer nada por ella.

 

 

Serbia, quien la recordaría siempre como “Madre de la nación”, le otorgó la Orden del Águila Blanca de la Corona Serbia, convirtiéndose en la primera mujer en recibir tal honor. En Inglaterra, a su entierro acudieron miembros de la realeza británica y serbia. Winston Churchill dijo de ella y de las mil quinientas mujeres que se unieron a los catorce hospitales de la Scottish Women’s Hospitals en el frente europeo: “Brillarán en la historia”.